sábado, 4 de septiembre de 2021

XXII VIERNES DEL TIEMPO ORDINARIO (03 DE SEPTEIMBRE DE 2021)

“A VINO NUEVO, ODRES NUEVOS…” Lc 5, 38.

La frase que acabamos de escuchar supuso una novedad para la cultura judía, pero también un reto para la Iglesia incipiente y la Iglesia de hoy. Hemos escuchado en numerosas ocasiones las palabras que dijo Jesús a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud”. (Mt 5, 17-19). Ya todos sabemos que la plenitud de la Ley no puede interpretarse sin el mandato del amor. Los fariseos y los escribas se aferraban al cumplimiento de la Ley, poniendo el acento en la letra, y no en el espíritu, pero Jesús introduce un nuevo concepto: las Bienaventuranzas, que unidas a las leyes del Antiguo Testamento hacen que vivíamos desde el amor incondicional, desde el amor gratuito y total…

Jesús nos trae un nuevo prototipo de vida: un mensaje marcado por el amor. Este mensaje exige un corazón nuevo… Ya nos los había prometido el Señor en el Cántico de Ezequiel: “Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo”. Ez 36, 26.

No es fácil tocar estos temas en algunos sectores de nuestra Iglesia. “A vino nuevo, odres nuevos…” exige no caer en convencionalismos ni conveniencias. Es necesario una mirada a la realidad desde el Evangelio, marcada por la autenticidad en el amor, que permita que nuestra fe resista y se fortalezca.

Dios, tras la muerte y resurrección de su Hijo, ha hecho algo realmente nuevo en nosotros. El vino nuevo es la vida que triunfa sobre la muerte… generando alegría y esperanza en un mundo divido por la discordia y la enemistad. No se trata de volver a nacer, sino de convertir nuestro corazón, de modo que no desaparezca nuestro pasado, sino que lo viejo, lo añejo de nuestra vida, sirva de complemento para el burbujeante, abundante y embriagador vino nuevo que alegra el corazón… del nuevo cristiano… de la nueva Iglesia…

Por Jesús Escalona 


 

 

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