La institución
de la Eucaristía lleva consigo la institución del Ministerio Sacerdotal. Jesús,
el Sumo Sacerdote por excelencia, hace partícipe a sus discípulos de su
ministerio, para que vayan por el mundo llevando el Alimento que perdura para
la vida eterna: su Cuerpo y su Sangre, Pan
de vida eterna y Cáliz de eterna salvación.
Ser sus
ministros es ser sus servidores. Pero los servidores de Jesús son, a la vez,
servidores del pueblo que le es encomendado. No son enviados para ser servidos,
sino para servir. Jesús, mientras cenaba con sus discípulos, “…sabiendo que el Padre había puesto todo en
sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita
el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se
pone a lavarle los pies a los discípulos…” (Jn 13, 3-4).
Este
gesto singular, tiene una doble interpretación:
·
Por un lado la actitud
humilde de servicio que cada uno de nosotros debemos tener; Jesús pregunta: “¿comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros
me llamáis “el Maestro y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo,
el Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los
pies unos a otros” (Jn 13, 13-14).
·
Por otro lado, es signo
de la entrega de Jesús a la muerte, que se manifestara plenamente en la Cruz,
expresión máxima del amor de Dios para con los hombres.
Queridos
hermanos: ser sacerdote del Señor es ser expresión de su humildad. Nuestra
llamada es a ejercer una autoridad desde el servicio y la caridad. La Eucaristía
es garantía de ese amor; por eso, quien coma de ese pan no tendrá nunca más
hambre. Ser sacerdote del Señor es ser “otro Cristo”, que se entrega diariamente
en favor los hermanos. Debemos ser conscientes de que es un ministerio que
supone sacrificio, entrega. Santa Teresa de Jesús decía: “Quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que le puede
ofrecer es la vida”.
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