Nosotros,
discípulos del Señor, también hemos sido llamados a entrar en un proceso de
aprendizaje muy duro. No sabemos lo que Él nos tiene preparado, pero lo cierto
es que nada será color de rosas; en este camino de enseñanza se trata de coger
la cruz de cada día y de seguir los pasos del crucificado; en definitiva, se
trata de adentrase en la vida misma y de saber confiar en el Señor, dejándonos llevar
por los senderos que él nos propone. Como cristianos estamos llamados a vivir
desde nuestra libertad el seguimiento de Jesús, siendo conscientes del alto
precio que hay que pagar. En nuestras manos está dejarlo o asumirlo. El siervo
expresa conscientemente que no resistió ni se echó atrás ante lo que el Señor
le pedía, porque toda su confianza estaba puesta en Él. Dice el texto: “El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía
los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no
quedaría defraudado” (Is 50, 7).
En este
tiempo de Semana Santa, podemos identificarnos con muchos de los personajes que
siguieron a Jesús, el Siervo de los siervos, que supo asumir la voluntad del
Padre y llevarla a término. Hoy volvemos a escuchar como Jesús insiste en que
uno de sus discípulos le va a entregar: “En
verdad os digo, que uno de vosotros me va a entregar” (Mt 26, 21). Al final,
Judas pregunta: “¿Soy yo acaso, Maestro? Él
le respondió: tú lo has dicho” (Mt 26, 25). Mateo hace una distinción entre
Judas y los demás discípulos; para los otros once discípulos Jesús es el Señor,
así lo expresan cuando se dirigen a Él, pero Judas le llama Maestro, Rabbí, un apelativo que utilizan los
adversarios de Jesús y que tiene para el evangelista una connotación negativa.
En
este tiempo litúrgico que la Iglesia nos regala, estamos llamados a revisar
nuestra actitud de discípulo. ¿Soy capaz de asumir la cruz de cada día? ¿Estoy
dispuesto a entregar mi vida al Señor? ¿Le reconozco como Señor o como Maestro?
¿Soy su amigo o su enemigo? Tomás Spidlik dice algo que me gusta mucho: “Los traidores, siempre y en todas partes,
tienen muy mala fama. De un enemigo uno sabe quién es y cómo combatirlo; en
cambio, es diferente, si el enemigo tiene la apariencia de un amigo, si vive a
nuestro lado y en nuestro corazón. El traidor traiciona a quien le quiere, a
quien le favorece”. Si nos llamamos cristianos, es porque nos consideramos
amigos de Cristo.
Queridos
hermanos, No olvidemos nunca que el seguimiento de Jesús está marcado por la
pasión y la muerte, pero también por la resurrección.
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